Mientras curaba una herida en la mano de mi hijo Luciano (7 años), observé su rápida recuperación, en contraste con la lentitud de la mía. Esto me llevó a reflexionar sobre la regeneración, no solo como un proceso biológico, sino como un principio esencial para nuestra forma de habitar el mundo. La naturaleza regenera constantemente, desde los ajolotes que recuperan extremidades hasta los avances científicos que buscan potenciar nuestras propias capacidades de sanación. Pero, más allá del cuerpo, ¿no es también urgente regenerar nuestra cultura, educación y relación con el planeta? En un mundo acelerado, donde el desgaste ambiental y social avanza sin tregua, debemos recuperar el tiempo necesario para sanar.
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El desarrollo regenerativo: sanar para transformar nuestro mundo

